El día que dejé de pedir permiso
Hubo un momento —no un instante épico, no una revelación— en el que entendí que gran parte de mi malestar no provenía del conflicto con el mundo, sino de algo más íntimo y persistente: la costumbre de pedir permiso para existir. Permiso para pensar distinto. Permiso para no creer. Permiso para no encajar. Ese hábito no se adquiere por accidente; se aprende temprano, se refuerza con la moral, y se disfraza de virtud.
Pedir permiso no siempre adopta la forma explícita de una súplica. A veces es más sutil: la necesidad de aprobación, la autocensura preventiva, el miedo a decepcionar una norma invisible. Es una pedagogía del sometimiento suave. Nadie te obliga de frente; tú mismo te contienes. Y esa contención, presentada como humildad o prudencia, termina erosionando la autonomía.
El día que dejé de pedir permiso no me volví libre de inmediato. La libertad no aparece como un premio. Aparece como una carga. Cuando ya no hay una instancia superior que autorice o prohíba, todo recae sobre uno. No hay excusas, no hay delegación moral, no hay a quién culpar por las decisiones tomadas. Esa es una de las razones por las que muchas personas prefieren seguir pidiendo permiso: no por miedo a la transgresión, sino por miedo a la responsabilidad total.
Desde una postura satánica —filosófica, no religiosa— este gesto es central. Satanás no representa la rebeldía adolescente ni la oposición por capricho; representa el punto exacto en el que el individuo deja de reconocerse como menor de edad espiritual. No se trata de desafiar una autoridad concreta, sino de retirar el reconocimiento a la idea misma de autoridad trascendente. Nadie por encima. Nadie a quien consultar antes de decidir quién se es.
La moral tradicional insiste en que la desobediencia es peligrosa. Pero rara vez se cuestiona lo contrario: la obediencia automática como forma de anulación. Pedir permiso para pensar, para sentir o para vivir según criterios propios no es prudencia; es una renuncia anticipada. El satanismo filosófico no propone una ética del caos, sino una ética de la autoría: asumir que cada decisión nos pertenece por completo, sin amparo ni absolución.
Cuando dejé de pedir permiso, también dejé de buscar validación. Comprendí que el reconocimiento externo funciona como una moneda inestable: hoy circula, mañana se devalúa. Construir la propia vida sobre esa base es vivir a crédito. La postura satánica, en cambio, no promete estabilidad emocional ni aprobación social; promete algo más austero y más honesto: coherencia interna. No estar en guerra permanente con uno mismo por cumplir expectativas ajenas.
No fue un acto heroico. Fue un desplazamiento silencioso. Simplemente dejé de preguntar si podía. Dejé de medir cada idea en función de su aceptabilidad. Dejé de ajustar mi lenguaje para no incomodar. No para provocar —la provocación sigue siendo una forma de dependencia—, sino para habitar mi pensamiento sin intermediarios.
Ese día no gané nada. Perdí, más bien, una serie de muletas simbólicas: la excusa, la coartada moral, la tranquilidad de la obediencia. Pero lo que quedó fue más sólido. Ya no camino esperando autorización. Camino sabiendo que cada paso es mío, con todo lo que implica. Esa es, para mí, una de las expresiones más claras del satanismo como filosofía: vivir sin pedir permiso, no por rebeldía, sino por responsabilidad absoluta sobre la propia existencia.
