ACERCA DE LA INDULGENCIA.


ACERCA DE LA INDULGENCIA.
Alberto A F. Reyes

Es bueno ser indulgente con quien lo merece, sería un desperdicio ayudar a quien no se ayuda a sí mismo porque es gastar energía, tiempo y otros menesteres que serán mal aprovechados por un sujeto a quien no le importa su propia persona. A este tipo de sujetos, no vale la pena ayudarlos, mejor sería contribuir siendo indiferentes, para que ellos mismos sucumban bajo su propio peso, en su propia ruina. pues son un lastre para aquellos que si se esfuerzan por salir de su miseria.

Estos últimos son quienes pagan el favor prestado, lo que difiere de los primeros que gustan por recibir favores, pero no dan nada a cambio, su idiosincrasia se basa en pensar que es obligación de los "pudientes" velar por el interés del desgraciado, incluso exigen y se indignan si no se les favorece.

Por eso mismo vemos con suma frecuencia políticas públicas tan nefastas, de las que se sirven ácaros sociales de esta calaña, que cuestan bastantes recursos del fondo público. y aquí vemos a la vez, un gran ejemplo del indulgente por condición, aunque algo malévolo, pero es un ejemplo, pues el negocio del poder radica en mantener a estos ácaros, aun cuando esto significa joder al resto.

La indulgencia por convicción jamás ha sido un negocio rentable, por tanto, procurar siempre sacar provecho de la situación convierte a esto en un bien recíproco, es decir ambas partes se favorecen; es aquí donde radica la verdadera nobleza de ser indulgente, pues se satisface la necesidad de ser altruista y la necesidad innata del humano por sacar ganancia, de esta forma los favores dados no son ni desperdiciados, ni despreciados.

“Este sujeto se convierte en un ser inteligentemente altruista”.

Ahora bien; ser indulgente por condición, es, ha sido, y será siempre un negocio tan rentable y una satisfacción social tan grande para quien presta sus favores, en esto radica la nobleza del sujeto que es benevolente, pero no con todos, si no con quienes realmente lo merecen.

"Las oportunidades están donde hay gente quejándose y pocos o nadie ayudando"

Ahora bien ¿cómo ser benevolente sin arriesgar a quedar arruinado?, con garantías tangibles sobre bienes por el favor prestado. 

LA VIRTUD DEL EGOÍSMO


LA VIRTUD DEL EGOÍSMO
Ayn Rand

Dado que la razón es el instrumento básico que tiene el hombre para sobrevivir, aquello que es apropiado para la vida de un ser racional es bueno; aquello que la niega, la entorpece o la destruye es malo. Dado que todo lo que necesita debe descubrirlo con su propia mente y producirlo mediante su propio esfuerzo, los dos factores esenciales del método de supervivencia apropiada de un ser racional son el pensamiento y el trabajo productivo. Aun si algunos hombres, que eligen no pensar, sobreviven imitando, como animales amaestrados, las rutinas de los sonidos y los movimientos que aprendieron de otros, sin hacer un esfuerzo para entender el trabajo que realizan, sigue siendo cierto que su supervivencia sólo es posible debido a aquellos que sí han elegido pensar y descubrir los procedimientos que repiten quienes no piensan.


La supervivencia de tales parásitos mentales depende de una ciega casualidad; sus mentes desenfocadas son incapaces de saber a quién han de imitar y las acciones de quiénes es seguro seguir. Ellos son los hombres que marchan hacia el abismo siguiendo a cualquier destructor que les haya prometido asumir la responsabilidad que ellos evaden: la responsabilidad de ser conscientes. Si algunos hombres intentan sobrevivir por medio de la fuerza bruta o del fraude, saqueando, robando, estafando o esclavizando a los que producen, sigue siendo cierto que su supervivencia sólo es posible por el esfuerzo que han realizado sus víctimas, únicamente por aquellos hombres que han elegido pensar y producir los bienes que ellos, los saqueadores, les confiscan.

Son parásitos incapaces de sobrevivir, que existen destruyendo a quienes sí son capaces, a quienes siguen el curso de acción que es correcto para el hombre. Los que intentan sobrevivir no mediante la razón sino por el uso de la fuerza están utilizando el método propio de los animales. Pero, así como los animales no pueden sobrevivir usando el método de las plantas, es decir, rechazando toda locomoción y aguardando que el suelo los alimente, el hombre no puede sobrevivir con el método de los animales: rechazando la razón y contando con los hombres productivos para que hagan las veces de presa. Tales saqueadores obtendrán sus metas por poco tiempo y al precio de la destrucción: la de sus víctimas y la de ellos mismos.

LA SALUD MENTAL FRENTE AL MISTICISMO Y AL AUTOSACRIFICIO


LA SALUD MENTAL FRENTE AL MISTICISMO Y AL AUTOSACRIFICIO
Nathaniel Branden

El criterio de la salud mental, el funcionamiento mental biológicamente adecuado, es el mismo que se aplica a la salud física: la supervivencia de la humanidad y su bienestar. Una mente será sana mientras su método de funcionamiento sea tal que proporcione al humano el control sobre la realidad que el mantenimiento y la protección de su vida requieren. La señal distintiva de este control es la autoestima, consecuencia, expresión y recompensa de una mente comprometida con la razón, es decir, que responde y confía exclusivamente en la razón. 

La razón, la facultad que identifica e integra el material provisto por los sentidos, es la herramienta de supervivencia básica del humano. El compromiso con la razón es el compromiso con el mantenimiento de un enfoque intelectual pleno, con la constante expansión de la comprensión y el conocimiento, con el principio de que las acciones personales deben ser coherentes con las convicciones, de que uno nunca debe intentar falsear la realidad ni situar consideración alguna por encima de ella, de que jamás debe permitirse contradicciones, ni intentar subvertir o sabotear las funciones correctas de la conciencia: percepción, obtención de conocimientos y control de las acciones. Una conciencia no obstruida, integrada, pensante, es una conciencia sana. Una conciencia bloqueada, que se evade, que está desgarrada entre conflictos, segmentada y enfrentada consigo misma, una conciencia desintegrada por el miedo o inmovilizada por la depresión, disociada de la realidad, es una conciencia enferma. 

Para ser capaz de manejar los hechos de la realidad, para procurar y lograr los valores que requiere su vida, el humano necesita su autoestima: necesita tener confianza en su eficacia y en su valor. La ansiedad y el sentimiento de culpa, antítesis de la autoestima y signos inconfundibles de una mente enferma, son desintegradores del pensamiento, distorsionadores de los valores y factores paralizantes de la acción. Cuando un ser humano que se estima a sí mismo elige sus valores y fija sus metas, cuando diseña sus propósitos a largo plazo, que darán unidad y guía a sus acciones, está tendiendo un puente hacia el futuro, un puente sobre el cual transitará su vida. Un puente que está sostenido por la convicción de que su mente tiene la capacidad requerida para pensar, juzgar y valorar, y que puede ser digno de disfrutar esos valores. Este sentido de control sobre la realidad no es el resultado de aptitudes, habilidades o conocimientos especiales. 

No depende de determinados éxitos o fracasos en particular. Refleja la relación fundamental que se tiene con la realidad, la convicción de que se poseen la eficacia y el valor fundamentales. Refleja la certeza que, en esencia y en principio, se es apto para la realidad. La autoestima es una estimación metafísica. Éste es el estado psicológico que la moralidad tradicional torna imposible, en la medida en que el humano la acepte. Ni el misticismo ni el credo del autosacrificio son compatibles con una mente sana ni con la autoestima. Estas doctrinas son existencial y psicológicamente destructivas.

1. Para el mantenimiento de la vida y el logro de su autoestima, el humano necesita el ejercicio pleno de su razón; no obstante, se le enseña que la moralidad requiere la fe y descansa en ella. La fe es la entrega de la conciencia personal a creencias de las cuales no hay evidencia sensorial ni prueba racional. Cuando el humano rechaza a la razón como su criterio de juicio, el único criterio al que puede recurrir son sus sentimientos. Un místico es un hombre que trata a sus sentimientos como herramientas de cognición. La fe es la equiparación de los sentimientos con el conocimiento. Para practicar la "virtud" de la fe, un humano debe estar dispuesto a abandonar su objetividad y su capacidad de juicio: a vivir con lo ininteligible, con aquello que no se puede conceptualizar ni integrar con el resto de sus conocimientos; debe inducir una ilusión de raciocinio parecido a un estado de trance. 

Debe estar dispuesto a reprimir su facultad de crítica, considerándola una culpa, a ahogar toda pregunta que surja como protesta; debe sofocar todo resurgimiento de la razón que busque, convulsivamente, asumir la función que le corresponde como protector de su vida y de la integridad de su conocimiento. Recuérdese que la totalidad del conocimiento humano, y todos sus conceptos, tienen una estructura jerárquica. El fundamento y el punto de partida del pensamiento son las percepciones sensoriales: sobre esa base forma el humano sus primeros conceptos para, a partir de allí, continuar construyendo el edificio de sus conocimientos a través de la identificación e integración de nuevos conceptos, en una escala cada vez más amplia y más extensa. Para que el pensamiento sea válido, este proceso debe guiarse por la lógica, "el arte de la identificación sin contradicciones". Todo nuevo concepto que forme el ser humano debe integrarse sin contradicción a la estructura jerárquica de su conocimiento. Introducir en la conciencia cualquier idea que no pueda integrarse así, una idea no derivada de la realidad ni validada por un proceso sujeto a la razón, no sometida a examen o juicio racional y, peor aún: una idea que choque con el resto de nuestros conceptos y nuestra comprensión de la realidad es sabotear la función integradora de la conciencia, socavar el resto de nuestras convicciones y eliminar nuestra capacidad de estar seguros de cosa alguna. 

Éste es el sentido de la declaración de John Galt en La rebelión de Atlas cuando dice que "el pretendido atajo hacia el conocimiento, la fe, es sólo una simplificación de una invención mística equivalente al deseo de aniquilar la existencia y, como consecuencia, aniquilar la conciencia". No hay mayor autoengaño que el de imaginar que se puede someter a la razón aquello que pertenece a la razón, y a la fe aquello que pertenece a la fe. La fe no puede ser circunscripta ni delimitada; ceder la conciencia un solo milímetro es rendirla en su totalidad. La razón es un absoluto para la mente o no lo es, y en ese caso, cuando la razón está ausente, tampoco hay lugar donde trazar el límite, ni principio de acuerdo con el cual trazarlo, ni barrera que la fe no pueda cruzar, ni parte alguna de la vida personal que la fe no pueda invadir. Una persona es racional hasta, y a menos que, sus sentimientos decreten otra cosa. La fe es una enfermedad maligna que ningún sistema puede tolerar impunemente, y el que sucumbe a ella requerirá su ayuda precisamente en aquellas cuestiones en las que más necesita de la razón. Cuando el ser humano abandona la razón y se entrega a la fe, cuando rechaza el absolutismo de la realidad, está destruyendo las bases de su propia conciencia, y su mente se convierte en un órgano en el que ya no se puede confiar. Su mente se convierte en lo que los místicos dicen que es: una herramienta de distorsión. 

2. La necesidad de autoestima del humano implica la necesidad de poseer un sentido de control sobre la realidad. Sin embargo, ningún control es posible en un Universo que, debido a las concesiones que ha hecho el mismo ser humano, incluye lo sobrenatural, lo milagroso y lo carente de causa, un Universo donde se está a la merced de fantasmas y demonios, donde se debe tratar no con lo desconocido, sino con lo incognoscible. No hay control posible si el humano  propone y un fantasma dispone; no hay control posible si el Universo es una casa embrujada. 

3. La vida del ser humano y su autoestima requieren que el objetivo y la preocupación de su conciencia sean la realidad y esta Tierra, pero se le enseña que la moral consiste en despreciar esta Tierra y el mundo asequible a la percepción sensorial, para contemplar, en su lugar, una realidad "diferente" y "superior", un reino inaccesible a la razón e incomunicable en el lenguaje común, al que se puede acceder por la revelación, por procesos dialécticos especiales, por ese estado superior de lucidez intelectual que el budismo Zen considera como la "Anti-mente", o como la muerte. Hay sólo una realidad: aquella que la razón puede conocer. Si el humano elige no percibirla, no habrá nada que pueda percibir; si no es consciente de este mundo, no será consciente en absoluto. El único resultado de la proyección mística de "otra" realidad es que incapacita psicológicamente a la humanidad para ésta. No fue mediante la contemplación de lo trascendental, lo inefable, lo indefinible, lo inexistente, como el ser humano se elevó desde las cavernas y transformó el mundo material para que la existencia fuese posible sobre la Tierra. Si es una virtud renunciar a la mente, y un pecado usarla; si es una virtud aproximarse al estado mental de un esquizofrénico, y un pecado estar enfocado intelectualmente; si es una virtud despreciar esta Tierra, y un pecado hacerla habitable; si es una virtud mortificar la carne, y un pecado trabajar y actuar; si es una virtud despreciar la vida, y un pecado sostenerla y disfrutarla, entonces no se puede tener ni autoestima, ni control, ni eficacia; nada es posible más que el sentimiento de culpa y el terror de un humano degradado atrapado en un Universo de pesadilla, un Universo creado por algún metafísico sádico que lanzó al humano a un laberinto donde la puerta marcada con la leyenda "virtud" lleva a la autodestrucción, y aquella en la que se lee "eficacia" conduce a la propia condenación. 

4. Su vida y su autoestima requieren que la humanidad se enorgullezca de su capacidad de pensar, de su capacidad de vivir; sin embargo, se le enseña que la moral sostiene que el orgullo, y específicamente el orgullo intelectual, es el más grave de los pecados. Se le enseña que la virtud comienza con la humildad, con el reconocimiento de la incapacidad, la pequeñez, la impotencia de nuestra mente. ¿Es el ser humano omnisapiente?, preguntan los místicos. ¿Es infalible? Y si no lo es, ¿cómo se atreve a desafiar la palabra de Dios, o de los representantes de Dios, y erigirse en juez de cualquier cosa? El orgullo intelectual no es una pretensión de omnisapiencia o infalibilidad, como los místicos quieren implicar en forma absurda, sino todo lo contrario. Justamente porque el ser humano debe luchar para obtener sus conocimientos, y dado que la búsqueda del conocimiento requiere un esfuerzo, los que asumen esa responsabilidad sienten orgullo por aquello que adquieren. A veces, coloquialmente, se interpreta que el orgullo significa una pretensión sobre logros que en realidad uno no ha alcanzado. Pero el fanfarrón, el jactancioso, ser humano que pretende tener virtudes que no posee, no es orgulloso; meramente ha elegido la manera más humillante de revelar su humildad. 

El orgullo es la respuesta a la capacidad personal de alcanzar valores, el placer que se obtiene de la propia eficacia. Y es eso lo que los místicos consideran malvado. Pero si el estado moral adecuado para el humano es la duda, la inseguridad, el miedo, y no la confianza, la seguridad en sí mismo y la autoestima; si su meta ha de ser el sentimiento de culpa en lugar del orgullo, entonces su ideal moral es una mente enferma y los neuróticos y psicópatas son los máximos exponentes de la moral, mientras que los que piensan y los que logran sus objetivos son los pecadores, aquellos demasiado corruptos y arrogantes para encontrar la virtud y el bienestar psicológico en la creencia de que son inadecuados para existir. La humildad es, necesariamente, la virtud básica de una moralidad mística, la única posible para quienes han renunciado a la mente. El orgullo debe ser ganado; es la recompensa al esfuerzo y al logro. Pero para alcanzar la virtud de la humildad sólo es necesario abstenerse de pensar; no se requiere otra cosa, y uno no tardará en sentirse humilde. 

5. Su vida y su autoestima requieren que el ser humano sea leal a sus valores, a su mente y juicio, a su vida. Lo que se le enseña, en cambio, es que la esencia de la moralidad consiste en el autosacrificio; el sacrificio de la propia mente a una autoridad superior y el sacrificio de los valores personales a quienquiera que se sienta con derecho a reclamarlos. No es necesario, en este contexto, analizar las casi incontables maldades implícitas en el autosacrificio. Su irracionalidad y destructividad han sido suficientemente expuestas en La rebelión de Atlas. Sin embargo, hay dos aspectos de la cuestión que están especialmente relacionados con el tema de la salud mental El primero es el hecho de que el sacrificio de sí mismo significa, y sólo puede significar, el sacrificio de la mente. Tengamos presente que un sacrificio significa la renuncia a un valor superior en favor de un valor inferior o de algo sin valor. 

Si se entrega lo que no se valora para obtener aquello que sí se valora, o si se entrega un valor menor para obtener un valor mayor, eso no es un sacrificio sino un beneficio. Recordemos, además, que todos los valores del humano existen dentro de un orden jerárquico; valora algunas cosas más que otras y, en la medida en que sea un ser racional, el orden jerárquico de sus valores será racional; es decir, valorará las cosas en proporción con la importancia que tengan para su vida y su bienestar. Aquello que es adverso a su vida y su bienestar, que se opone a su naturaleza y a sus necesidades como ser humano, será considerado carente de valor. Inversamente, la estructura distorsionada de los valores es una de las características de las enfermedades mentales; el neurótico no valora las cosas de acuerdo con su mérito objetivo en relación con su naturaleza humana y sus necesidades; con frecuencia valora aquellas que lo llevarán a la autodestrucción. Juzgado de acuerdo con criterios objetivos, vive en un proceso crónico de autosacrificio. Pero si el sacrificio es una virtud, no es el neurótico sino el humano racional el que tiene que ser "curado". 

Debe aprender a violentar su propio juicio racional, a revertir el orden de su jerarquía de valores, a renunciar a aquello que su mente considera lo bueno, a invalidar su propia conciencia. ¿Todo lo que los místicos demandan del ser humano es que éste sacrifique su felicidad? Sacrificar la felicidad personal es sacrificar los deseos personales; sacrificar los deseos personales es sacrificar los valores personales; sacrificar los valores personales es sacrificar el juicio personal; sacrificar el juicio personal es sacrificar la propia mente, y nada menos que eso es lo que pretende y demanda el credo del autosacrificio. La raíz del egoísmo (o sea, el interés personal) es el derecho, y la necesidad, que tiene el ser humano de actuar de acuerdo con su propio juicio. Si su juicio ha de ser un objeto de sacrificio, ¿qué clase de eficacia, control, ausencia de conflictos o serenidad de espíritu le será posible al humano? El segundo aspecto que importa en este contexto involucra no sólo al credo del autosacrificio, sino a la totalidad de los dogmas de la moralidad tradicional. 

Una moralidad irracional, una moralidad que se opone a la naturaleza humana, a los hechos de la realidad y a los requerimientos de la supervivencia de la especia humana, necesariamente lo fuerza a aceptar la creencia de que existe un choque inevitable entre lo moral y lo práctico, que hay que elegir entre ser virtuoso o ser feliz, idealista o exitoso, pero que no se puede ser las dos cosas a la vez. Esta visión establece un conflicto desastroso al nivel más íntimo del ser humano, una dicotomía letal que lo hace trizas; lo obliga a elegir entre capacitarse para vivir o ser digno de vivir. Empero, su autoestima y su salud mental exigen que alcance ambas metas. Si el ser humano sostiene que el bien es su vida sobre la Tierra, si juzga sus valores de acuerdo con el criterio de aquello que es adecuado para la existencia de un ser racional, entonces no existe choque alguno entre los requerimientos de su supervivencia y la moral, entre capacitarse para vivir y hacerse digno de vivir; logra lo segundo al alcanzar lo primero. Pero se produce un conflicto si el humano considera que el bien reside en renunciar a esta Tierra, renunciar a la vida, a la mente, a la felicidad, al yo. Bajo una moralidad que se opone a la vida, el hombre se hace digno de vivir hasta donde se obliga a hacerse incompetente para vivir, y hasta donde se obliga a ser capaz de vivir, se hace indigno de ello. La respuesta que dan muchos defensores de la moralidad tradicional es: "Bueno, pero la gente no tiene por qué llegar a los extremos", con lo cual quieren significar: "No esperamos que las personas sean totalmente morales. Aceptamos que tengan de contrabando algún interés personal en sus vidas. Después de todo, reconocemos que la gente tiene que vivir". La defensa de este código moral reside, por consiguiente, en que pocos estarán dispuestos a adoptar la actitud suicida de intentar practicarlo consistentemente. 

La hipocresía ha de ser, pues, la que proteja al humano contra las convicciones morales que dice profesar. ¿Qué efecto tiene esto sobre su autoestima? ¿Y qué sucede con las víctimas que no son lo suficientemente hipócritas? ¿Qué ocurrirá con el niño que se refugia, aterrorizado, en un Universo autista porque no logra captar las afirmaciones disparatadas de sus padres [y madres], que le dicen que él es culpable por naturaleza, que su cuerpo es impuro, que pensar es pecaminoso, que es blasfemo hacer preguntas, que es depravado dudar, y que debe obedecer las órdenes de un fantasma sobrenatural pues, si no lo hace, arderá eternamente en el infierno? ¿Qué le sucederá a la hija que se consume debido a un sentimiento de culpa producido por el pecado de no querer dedicar su vida a cuidar de su padre [o madre] enfermo, que no le ha dado otro motivo que no fuera el sentir odio hacia él? ¿O al adolescente que se refugia en la homosexualidad porque le han enseñado que el sexo es malvado y que las mujeres deben ser idolatradas, pero no deseadas? ¿O al hombre de negocios que sufre ataques de ansiedad porque, tras años de sentirse obligado a ser ahorrativo y laborioso, cometió finalmente el pecado de tener éxito, y se le dice ahora que un camello pasará por el ojo de una aguja antes de que un hombre rico entre al reino de los cielos? ¿O al neurótico que, en irremediable desesperanza, abandona el intento de resolver sus problemas porque siempre ha oído predicar que esta Tierra es un reino de miserias, futilidad y destrucción, donde la felicidad o el logro son imposibles para el ser humano? Quienes defienden estas doctrinas tienen una grave responsabilidad moral, aunque existe un grupo cuya responsabilidad es quizás aún mayor: los psicólogos y psiquiatras, que ven los despojos humanos producidos por estas doctrinas y callan. 

No protestan y declaran que las cuestiones filosóficas y morales no les atañen, que la ciencia no puede emitir juicios de valor. Se desentienden de sus obligaciones profesionales aseverando que un código de moral racional es imposible y, con su silencio, convalidan el asesinato espiritual. Marzo de 1963.

EL DIOS DE LOS IMBÉCILES


EL DIOS DE LOS IMBÉCILES
Anton Szandor LaVey

Se cree, por evidencia empírica, que mucha gente joven que profesa no creer en una deidad cuando llega a viejo empieza a creer en “dios”. Se presume que, cuanto más se acercan a la muerte más crece la necesidad del consuelo que ofrece la religión.

Bueno, supongo que no hay excepción a la regla. Raras veces menciono la teología. A parte de mi Biblia Satánica, he dejado toda la discusión de los dioses y sus creadores a otros para debatirlo o exorcizarlo, cualesquiera sean sus requerimientos. Ahora, debo confesar que he encontrado a dios; o tal vez debería decir que he encontrado a un Dios. Él (si, él es usualmente masculino, y les voy a decir cómo es que lo sé) no es la clase de dios que yo quisiera conocer. Él es un total imbécil.

¿Por qué digo tales cosas? Estoy tratando de mostrar cuan blasfemo puedo ser, ¿lo esperan de mí? Puedo asegurarles; si parezco cruel, es porque tengo que hablar acerca del dios que he descubierto.

Todos sabemos qué tan imbécil es. Si dios no fuera un imbécil, es casi seguro que actúa como tal. Es completamente injusto, una molesta mierda, impulsivo, caprichoso y voluble, irresponsable e impredecible, un aguafiestas, mal perdedor, niño molesto y ladronzuelo. Él prospera con la intriga, el escándalo y el chisme; le gusta castigar al justo y recompensar lo podrido. Es verdad: el ama al hombre común. El común, el mejor.

Si un hombre común no cree en él, él lo hace creyente matando a su pequeña hija o poniéndolo en una precaria situación donde el pobre hombre deba orarle. En resumen; dios es real, irreflexivo, insensible, codicioso e insignificante.

Por supuesto, dios es una construcción muy Junguiana. Fue creado por hombres pequeños para servir a sus necesidades, según sus necesidades. Luego, después de que las mentes limitadas de unos millones de estúpidos lo reconocen, los condenados maniquís pretendieron que hay otro camino alrededor. Insistieron en que dios creó al hombre. Asumieron que dios creó al hombre a su imagen, pero nunca pudieron extenderse a la semejanza. Queriendo no mostrarlo como un monstruo, lo presentaron como un patriarca con un largo vestido blanco con permisos y una larga barba blanca. De esa forma pudieron hacer la figura de un padre severo fuera de él, para poner un ejemplo a sus hijos. Si papi dice está bien actuar como un irreflexivo imbécil, conviene que sus seguidores actúen en consecuencia. De este modo, dado el permiso, sus subalternos están funcionando.

El poder colectivo de todas las mentes que aceptan al dios de los imbéciles da fundamento a tal divinidad. Esto despliega el poder de la magia. Es la voluntad colectiva de millones de humanos de diez vatios. Por su misma fe, su dios se hace una realidad.

Sus subalternos son bastante corregidos en muchas de sus presunciones teológicas. Su dios los vigila – al menos tanto como su cagada naturaleza puede hacerlo. Si el dios que han creado a veces parece insensible, es por lo que hacen. Es por eso por lo que puede ser perdonado tan fácilmente. Después de todo, él es sólo humano, y ustedes saben ¡qué tan imbéciles pueden ellos ser! Si a veces es “la voluntad de dios”, es porque él es voluntarioso. Pero como el “orgullo”, esto viene tan falso como verdadero. Hay una gran diferencia entre voluntad y voluntarioso.

Dije que les diría por qué dios tiene usualmente la forma masculina. Es porque la mayoría de sus creadores fueron chicos. Ya que ha estado tanto tiempo, suficientes mujeres pendejas han dicho que ocasionalmente él puede tomar forma femenina. Sabiendo lo que un estafador y traidor dios puede ser, no es sorprendente si él no es un hombre vestido de mujer. A Dios, como a sus discípulos, le gusta hacer promesas que no puede mantener; obtener la esperanza humana, sólo para defraudarla. Es un buen truco para estimular su ego. Es llamado “oración”.

Si dios es lo que creo que él sea, y Satán representa su antítesis, yo pondré mi fe en Satán. Tengo dignidad. Por lo tanto, debo tener respeto por la personificación que elegí divinidad. No puedo respetar a los imbéciles. No sé qué es peor, un imbécil o un cabrón – un hombre sabio o un estúpido. Siendo como es popular dios parece poseer las características de ambos. No quiero ser parte de él. No sólo lo rechazo, también lo desprecio. Él es mezquino, malicioso e insignificante.

Me gustaría hacerlo volar con un soplido. Si pensara que podría exterminarlo por el disparo de mi 45 al aire, lo haría. Existen dos cosas erróneas con esa clase de juicios. 
1. Conociendo la “voluntad de dios”, la bala podría caer en un niño inocente. 
2. Si yo mato a dios, ¿quiero realmente que todos los imbéciles del mundo oren a Satán? ¿No es él demasiado bueno para ellos? ¿Demasiado razonable? ¿Demasiado lógico?

Satán, en realidad, siempre ha gobernado el mundo, pero tuvo que proveer al arrogante moral con un Goodguy Badge. Los imbéciles, almacenando lujos y títulos, se elevan ellos mismos al estado de divinidad por poder, pero no pueden admitirlo. Tal vez Satán tampoco quiera tomar parte en tal gente. Él sabe que cuando ellos hacen un lío de las cosas, él es quien tiene que limpiarlo.

- Satan Speaks!-

¿SATÁNICO O SATANISTA?


¿SATÁNICO O SATANISTA?
Alberto A F. Reyes

Aunque las dos palabras pudiesen ser sinónimos perfectamente, vale la pena hacer una distinción para lo cual comenzaré por decir que un Satanista (nombre que hemos adoptado para diferenciarnos de los otros) no es un adorador de ningún dios que no sea uno mismo.

Un Satanista es un Ateo que prefiere ser su propio dios. Este pequeño punto es lo que convierte al Satanismo a de más de ser una filosofía (la más apropiada a parecer mío para el crecimiento personal) en una religión del individualismo y del ser.

Como lo dije antes, aunque Satánico y Satanista pudiesen ser sinónimos preferimos ser llamados “Satanistas” y dejamos el término “Satánico” para todo aquel que lo quiera usar fuera de una formación racionalmente atea.

Un adorador del Diablo no es diferente a un fiel seguidor de Mahoma, de Moisés o de Jesús el crucificado. Cualquiera de estos necesita de sus dioses para justificar su existencia y su actuar.

Sus vidas se encuentran llenas de despropósitos, y puesto que es más fácil justificar la estupidez con el nombre de dios, y el actuar producto de esa estupidez como; “la voluntad de dios” o “los designios de dios” prefieren así limpiar sus conciencias poniendo hipócritamente sus cargas emocionales en una conciencia colectiva que los exima de su insensatez mientras la llaman dios.

De esta manera no tienen por qué preocuparse por violar derechos, matar por odio, usurpar por conveniencia, mentir, o ser la causa de la ruina de otros. Porque al ser esta una voluntad colectiva es aceptada por todos o por la mayoría, y es resguardada como la voluntad de su dios, y como todo lo que es de dios está bien entonces cometer cualquier clase de crimen en su nombre está bien.

Un adorador de dios o del diablo; puesto que la racionalidad de ambos está encaminada al mismo punto que es adorar, no hará nada por cuenta propia si no deposita su fe antes en el objeto de sus súplicas.

Sin embargo, los adoradores del Diablo son esencialmente peligrosos, su nivel de fanatismo los hace actuar de formas que cualquier persona considerada normal no haría llevando en ocasiones su proceder a los límites de la criminalidad. Este nivel de fanatismo no es diferente al que podemos observar de los “hombres santos” a lo largo de la historia de las religiones. Para no extenderme mucho en este tema siendo que es tema para abordarlo de forma más apropiada en otro diálogo solo citaré a un claro ejemplo en la historia bíblica; léase la historia de Elías.

El Satanista prefiere ser dios, lo elije para sí mismo porque no tiene la necesidad de relegar a otros la responsabilidad de su vida. De esta manera los Satanistas somos una nueva raza, diferente al resto. Elegimos ser dioses y diosas responsables de nuestros propios actos, somos una raza compuesta de diversidad, todos somos librepensadores y en esencia personas con un propósito claro y definido en nuestras propias vidas.

Esta es la diferencia de un Satanista y del resto de la manada.