No recé: aprendí a callar

 No recé: aprendí a callar



No recé. Esa es la primera frase que podría definir mi distancia respecto a lo que comúnmente llaman “vida espiritual”; no porque rechace la reflexión, sino porque aprendí que el acto de suplicar —de extender las manos hacia un cielo que promete consuelo— es, muchas veces, un gesto de dependencia psicológica y no de pensamiento autónomo.

Durante años, participé de la idea de que la vida interior debía organizarse alrededor de una figura trascendente que otorga significado, calma y legitimación. Esta creencia —tan profundamente arraigada en la mayoría de las tradiciones culturales y religiosas— funciona como un tópico narrativo que ofrece respuestas prefabricadas al caos, al dolor y a la incertidumbre. Pero la historia personal que me interesa no es la de encontrar respuestas cómodas, sino la de mirar sin filtros lo que realmente sucede dentro de uno.

Aprender a callar no fue fácil. El silencio interior me enfrentó de inmediato a mi propia vulnerabilidad, a mis miedos, a mi incapacidad de sostener ciertas verdades sin buscar evasión. En ese proceso comprendí que la plegaria —esa estructura que pone palabras a los deseos y expectativas— no siempre libera: muchas veces encadena, porque está orientada hacia fuera, hacia una instancia que podría “arreglar” lo que sentimos. Pero no existe un agente externo que corrija nuestras contradicciones ni que transforme nuestros dilemas en certezas. El silencio, en cambio, fuerza a que el actor principal de la vida sea uno mismo, sin intermediarios.

En ese silencio, Satanás —así como lo entiendo en clave filosófica, no teológica— no es una entidad que escucha ni que recompensa. Es la figura que representa la lucidez sin consuelo. Mientras que las religiones organizadas han usado narrativas de redención para captar la imaginación humana, el satanismo filosófico plantea una actitud diferente: no hay zona de confort metafísica, no hay red al caer. Al renunciar a la plegaria, uno también renuncia al consuelo mágico de la ilusión y asume que la vida se sostiene solo por la voluntad propia y por la capacidad de enfrentar lo real tal como es.

Dejar de rezar no me hizo insensible. Por el contrario, me hizo más consciente de la raíz de mis emociones y de la dirección verdadera de mis proyectos. Rezar es extender un puente hacia algo que nos falta. Callar, en cambio —en su forma más radical— es reconocer que nada nos falta si aceptamos lo que hay, aunque sea duro y contradictorio. Esa aceptación no es resignación: es reconocimiento de que el mundo no está organizado para responder a nuestras súplicas, sino para ser comprendido y enfrentado.


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Así, no recé. Aprendí a callar. Y en ese silencio descubrí una forma de pensamiento que no se distrae con consuelos falsos ni se refugia en consuelos externos. No busqué respuestas en lo alto ni en lo sagrado. Las busqué dentro de mí, en el terreno duro de la lucidez y de la responsabilidad personal. Esa, para mí, es la lección filosófica que atraviesa no solo mi historia, sino el sentido que atribuyo a Satanás: no como salvador, no como adversario cósmico, sino como símbolo de la independencia intelectual que no necesita plegarias ni intermediarios, solo la voluntad de enfrentar la vida sin concesiones.

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